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Cuando el Señor revela el secreto de su Corazón: su vulnerabilidad, su desamparo, su amor humano, no podemos sino adorarlo, porque todas estas manifestaciones humanas no son más que un fruto, un resultado, una expresión de su infinito amor divino y de su humildad divinamente condescendiente.

En estos momentos en los que el misterio de la «encarnación» resplandece con más fuerza, es cuando nos sentimos obligados a caer de rodillas y adorarle diciendo con el apóstol santo Tomás: «Señor mío y Dios mío».

D. von Hildebrand, El corazón, Palabra, pp. 176-177