Mis queridas hermanas:
Unas letras, antes de que pase más tiempo, para compartiros la celebración de mis bodas de plata de profesión.
Si tuviera que definir todo lo que aconteció y cómo me afectó, lo resumiría en la palabra agradecimiento. Cuando se acercaba la fecha me propuse vivir ese espacio de tiempo en esta actitud, fue una moción interior que secundé con alegría. Sí, agradecimiento porque el Señor me permitió llegar a celebrar esta fecha, en la comunidad de Altea y rodeada de un montón de gente querida. Comprobé que, cuando uno pone todo en manos de Dios, todo sale perfecto.
El “itinerario celebrativo” comenzó con unos días de retiro en los que se me “prohibió” salir de mi celda, días que yo, muy gustosamente, aproveché para prepárame física y espiritualmente para la celebración, sobre todo, recordé mis inicios vocacionales y lo hice con agradecimiento y alegría, recordé a mis hermanas de Loeches y, sobre todo, a mis padres, a quienes tanto les costó dejarme ir.
Un matrimonio: Maricarmen y Carlos, a los que quiero como hermanos, vinieron desde Burgos una semana antes para ayudar con lo que hiciese falta, mi director espiritual llegó, desde Madrid, el jueves y, también desde Madrid y Valladolid, llegaron una de mis hermanas, mi sobrina y mis primas,…
El viernes por la tarde las hermanas me sorprendieron con unas emotivas vísperas, con preces, recuerdos,… y mis lágrimas, que ya hicieron acto de presencia para no abandonarme hasta el día después de la celebración.
El día de boda comenzó, ¡cómo no! con una canción a la puerta de mi celda, la cual estaba adornada con guirnaldas de flores y tules, los laudes preparados por dos personas muy especiales: mi compañera de noviciado, Benedicta, que pertenece a nuestro Carmelo de Salamanca y una amiga a la que estoy muy unida: Pepa, que vino desde Guadalajara para compartir conmigo esta fecha.
La ceremonia propiamente dicha fue hermosa, cada detalle me hablaba: las flores, mi lema de profesión: “Juntos andemos Señor”, puesto en la pared, detrás del altar… y, sobre todo, la Palabra de Dios, elegida por mi director espiritual… ¡Quisiera tener palabras para expresar el sentimiento que me embargó durante toda la celebración!: lo más aproximado que puedo decir fue que me sentí abrazada, por Dios, por las hermanas, por los presentes y, por los ausentes: mis padres y mi hermano que Dios tenga en su Gloria.
Quisiera compartir muchos detalles de la celebración, pero pasé ésta como en una nube, solamente un par de detalles: desde el canto de entrada, ya estaba con las emociones a flor de piel, supe que las lágrimas me iban a jugar una mala pasada… ¡y vaya si lo hicieron…! La homilía me la pasé conteniéndome, mi director fue el que no se pudo contener y en un par de ocasiones tuvo que parar porque se emocionaba, pero llegada la renovación de los votos, no pude más y no sé si la gente me entendió lo que decía entre sollozo y sollozo. Sea como fuere, fue un momento de los que dejan huella en el corazón, en el alma…, en la vida. Dios quiera seguir bendiciéndome con Su fidelidad y sosteniéndome con Su fuerza, yo intentaré hacer eso “poco que está en mi”.
No me quiero despedir sin agradeceros vuestra presencia, sentí vuestra oración y me gocé con los detalles que me mandasteis… ¡Dios os lo pague!, sobre todo vuestras oraciones, las cuales sentí fuertemente. Seguid pidiendo por mi, para que sea esa carmelita que la Santa quería.
Un abrazo lleno de cariño y agradecimiento.
María del Carmen de la Eucaristía
Carmelo del Sagrado Corazón de Jesús
Altea