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23 09 30, PUZOL, Anna, La reinecita de Los Buissonets

LA REINECITA DE LOS BUISSONNETS
(por Anna Seguí Martí ocd)

Teresita de Lisieux.
La pequeña de la familia Martin.
Prematura huérfana de madre,
te refugiaste al amoroso amparo de tu padre.
Lo adorabas,
le llamabas tu rey.
El más gentil de los hombres,
te compró un palacio
y te nombró “reinecita” de los Buissonnets.

Sensible como la primavera
y llorona cual lluvia torrencial.
Clara como el agua
y transparente como el aire.
Débil y enfermiza,
rozabas la melancolía.
La gracia de Navidad
te curaba y fortalecía.
Amabas a tus hermanas,
ellas te mimaban y cuidaban.

Familia cristiana y devota,
cultivaba los rezos, devociones y misas.
Pronto miraste al cielo,
jugabas y soñabas ser santa.
Te repugnaba el pecado, lo aborrecías,
Pero amabas a los pecadores,
tu sacrificio y oraciones les ofrecías.

Ibas de pesca con tu padre,
con los peces y la caña lo dejabas.
Preferías pasear por el campo,
embriagarte de sol y aire.
Tu alma tierna y delicada
se recreaba contemplando el prado.
Admirabas la belleza de las flores,
oler sus perfumes y gozar los colores.
Te deleitabas escuchando el canto de los pájaros,
observar la ligereza de sus vuelos.
Sin casi percibirlo, abrías en tu corazón
una serena y profunda contemplación.

Imaginabas el cielo
jugando con tus hermanitos.
Y cielo ibas forjando en este suelo.
Como un pequeño gorrión,
las alas te iban creciendo.
Pero Dios no quería que subieras al cielo
con simples alas de gorrión.
Él te dio alas de águila,
te llevó sobre sus plumas
y te lanzó a vuelos de eternidad.

A Dios abrías tus manos, las elevabas
y se las presentabas vacías;
confiabas que su misericordia las llenaría.
A nosotros nos regalabas las rosas,
Aayy, en tus manos, clavadas las espinas.
Aquel dolor del alma que a Dios ofrecías.

¿Crees que no lo adivinamos?
Nunca tus manos fueron ofrenda vacía.
Con una lluvia de rosas nos bendecías.
En tus manos, clavadas las espinas.

No pudiste ver cumplido
tu deseo de ser sacerdote.
Tu vocación fue el amor,
tu opción amar y servir
en la Iglesia y el Carmelo.

Como Juan de la Cruz,
hiciste de la fe oscura una dichosa ventura.
Penosa y dolorosa fue tu larga noche.
Amargo el cáliz de la duda,
por la lejanía y silencio de Dios.
Querías estar segura que la Virgen te amaba.
Y la sombra de la duda se prolongaba.

Enferma de cuerpo y alma,
la tristeza te invadía,
el sufrimiento y la paz se mezclaban,
mientras la paciencia ejercías.
Recia y magnánima,
no querías sufrir menos.

Tus últimas palabras fueron lo que en el corazón ardía.
¡Oh, le amo!
¡Dios mío… os amo!”
En los labios dibujada una sonrisa.
Y te dormías…
En Dios para siempre despertabas.
Aquí la lluvia de rosas nos dejabas.
En tus manos, clavadas las espinas.

23 09 22 PUZOL, Anna, Nos cansamos de todo

Los seres humanos nos cansamos de todo y masticamos insatisfacción. El que está solo, quiere compañía; el que tiene compañía, quiere estar solo. A veces incluso, nos cansamos de Dios-Jesús y lo dejamos en la cuneta o lo sacamos de nuestro pensamiento. Jugamos con Dios, en ocasiones lo hacemos nuestro centro, otras veces lo ignoramos por completo. Menos mal que Dios, por tener buen humor, se deja manipular y manosear a nuestro antojo, y no se inmuta. Dios se queda donde le colocamos y no se inquieta. Sonríe ante nuestra mezquindad e ignorancia. Dios permanece siempre como Dios. La inquietud es nuestra, la llevamos y sufrimos nosotros, no Dios. Sufrimos más de lo que Dios quiere, tal vez por ignorarle a Él, que es el dador de la paz y el gozo y nos quiere felices con Él y todos juntos.

Sucede que, un día, sin saber cómo ni por qué, algo nos despierta y nos levanta, más que de nuestro sueño, de nuestras muertes. Y volvemos a caer en la cuenta de que nos habíamos alejado de Dios, y queremos volver a encontrarnos con Él. Y Dios no se había ido, lo hallamos donde lo habíamos dejado, porque Dios siempre se hace encontradizo con su criatura amada. Y Dios, tan feliz y de buen humor, nos vuelve a tomar en sus brazos y abrazos y nos sigue amando, que Dios solo sabe de amor y andar en amores.

Dios no es un invento de nuestra mente. Ninguna inteligencia humana sabría inventar al Dios Uno y Único. Todo lo más que sabemos hacer los humanos es crear ídolos y endiosarlos. Pero Dios es el in-creable. Él es el que Es. La felicidad la da Él, no nuestros pensamientos y razonamientos. La felicidad y la plenitud es cuestión de enamoramiento del corazón, no del pensar y razonar de la mente. Siempre será una disposición interior amorosa.

Tener necesidad de Dios no es una necedad, es una gracia, y una gracia que nos humaniza a gusto de Dios. Y me quedo con Dios, con el único deseo de decir otra vez: Sí, creo y te amo, quiero seguir caminando a tu lado. Y Dios sigue sonriendo y dice que me ama. Y ahora me lo creo un poco más que cuando empecé mi andadura con Él. Y sé que puedo cometer la estupidez de volverlo a dejar. Que no soy mejor que Pedro, ni mejor o peor que todos sus discípulos que le abandonaron.

Como ellos y ellas, necesito que Jesús se me muestre resucitado para ser testigo de su presencia en medio de nosotros y dentro de nosotros. Así, pequeña, menesterosa, alocada, apasionada, auténtica también, necesito que Dios-Jesús permanezca, aunque yo me vaya, huidiza como una cabra. Él siempre volverá a hacerse encontradizo, esta es mi esperanza y absoluta confianza. No cansarnos de Dios-Jesús. Alejarnos de Él es perder la posibilidad de encontrar el tesoro escondido. Que Dios-Jesús es regalador de todo lo que necesitamos. Sigamos sus pasos.